lunes, 4 de mayo de 2009

Género neutro. 12- Dilemas del sujeto singular, y universal, y transhistórico del psicoanálisis.

Acerca de la multiplicidad genérica hoy observable, de la dificultad en sus clasificaciones e inteligencia, el psicoanálisis, forzado en sus prejuicios por los hechos, apenas balbucea. Es que después de Dolly, la ovejita clonada, lo imaginable ya no se restringe al campo de la virtualidad.
Su postura defensiva es, cuando menos, conservadora; está ejemplarmente plasmada en el libro de Roudinesco, La familia en desorden: “Con la irrupción de lo femenino y la consiguiente degradación de la figura del padre”, “nuestra época genera un trastorno profundo”, uno de cuyos reveladores sería “el deseo homosexual, convertido en deseo de normatividad... Y pregunta ¿Por qué deseo de familia, siendo que la homosexualidad siempre fue rechazada de la institución del matrimonio y la filiación, al extremo de convertirse, con el paso de los siglos, en el gran significante de un principio de exclusión?”
Vemos aquí cómo la distorsión aumentada llega a la parodia.
¿O no es justamente la fijeza de la escena erótica lo que caracteriza la perversión? Porqué fijar los elementos estructurales a los modos en que la ideología se acuña en la cultura?

Para Jessica Benjamín, la idea del desarrollo de los géneros, debió necesariamente conciliarse con la tendencia naturalizante del pensamiento de Freud, aunque subsiste sutilmente en la actual noción de diferencia..”El supuesto implícito ... es que el reconocimiento de la diferencia tiene un mayor valor, es un logro más tardío y resulta más difícil de reconocer que la igualdad... Lo que ha cambiado... es el significado de la diferencia sexual. Ya no se considera que la asimilación del significado de la diferencia o las diferencias sexuales y la adopción de una posición respecto de ella o ellas, sean fenómenos desencadenados por el descubrimiento de hechos anatómicos. El modo en que las percepciones de la anatomía y el cuerpo llegan a figurar la diferencia es ahora objeto de exploraciones...”
La normalidad requiere cierta labilidad en la escena. También el conocimiento. Solo así puede haber intercambio y elección. ¿Cómo puede considerarse perverso el mito del carácter intercambiable de los sexos sin referirse al paradigma naturalista?

La gran intuición de Ursula Le Guin son los hiatos representacionales que afectan justamente las relaciones con el otro. Estos hiatos definen los lindes reales del yo. Entonces: ¿No es de esperar que una sexualidad por fuera de la hegemónica, constreñida a un corpus teórico que ha universalizado una interpretación de la cultura, resulte controversial?
Numerosos textos de psicoanálisis y feminismo denotan el carácter epocal de muchos conceptos de la teoría tomados como universales.
¿O dejaremos que el psicoanálisis trastoque el significado de la multiplicidad, mermando el poder de transformación de la diversidad?

Problemas que no acosan sólo en los límites de nuestra teoría o de nuestra sociedad, sino de nosotros mismos, que apenas nos aventuramos entre estas dos opciones: diluir los contrastes para extender nuestros limites a riesgo de debilitarlos, o reforzar las líneas divisorias con indiferencia, generando distancia e integridad. También en las instituciones psicoanalíticas la integración presagia una pérdida de las formas, un desastre, para la subjetividad del otro tanto como la mía!

Para sortear el abismo, Le Guin propone un recorrido. Ni hay sujeto universal, ni lo objetivable es toda la verdad; ésta surge ante las cosas, en el proceso de conocerlas. Tampoco hay conocimiento neutral.
En él se implican siempre la emoción, el misterio, los sentimientos que despierta el difícil recorrido hacia su conquista: hay que animarse a andar, como Ai y Estraven, en el Hielo de la soledad y el vacío de los significados; y valorar los hallazgos que regala la prueba.

Tal vez la experiencia no nos evite seguir presos de nosotros mismos, o que un régimen de verdad-poder, mutile y silencie lo diverso. Pero iremos camino a ver qué nos reserva la oscuridad. De la mano, Ursula Le Guin nos va llevando, y comienza así:
Escribiré mi informe como si contara una historia, pues me enseñaron siendo niño que la verdad nace de la imaginación. El más cierto de los episodios puede perderse en el estilo del relato, o quizás dominarlo: como esas extrañas joyas orgánicas de nuestros océanos, que si las usa una determinada mujer brillan cada día más, y en otras en cambio se empañan y se deshacen en el polvo. Los hechos no son más sólidos, coherentes, categóricos y reales que esas mismas perlas; pero tanto los hechos como las perlas son de naturaleza sensible.
No soy siempre el protagonista de la historia, ni el único narrador. No sé en verdad quien es el protagonista: el lector podrá juzgar con mayor imparcialidad. Pero es siempre la misma historia, y si en algunos momentos los hechos parecen alterarse junto con una voz alterada, no hay razón que nos impida preferir un hecho a otro; sin embargo, no hay en estas páginas ninguna falsedad, y todo es parte del relato.”


¿Podremos aventurarnos hacia otro sentido de comunidad que no esté inscripto en los confines del lenguaje sino en los de lo no dicho, lo desconocido, lo inescrutable?
Como en la saga La mano izquierda de la oscuridad, queda de nuestro lado tomar los riesgos: las palabras no quieren morir.

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