lunes, 4 de mayo de 2009

Género neutro. 10- ¿Son materiales los límites del discurso?

Cabe preguntarse cómo, en 1969 cuando no parecía pensable otra alternativa, Ursula Le Guin imagina una subjetividad en un contexto no binario en vez de por fuera de él, no por lo menos desde el feminismo... y tampoco desde la sociología o el establishment psicoanalítico.
Excluidos de la normalidad, ese es el espacio que el imaginario social reservó y reserva todavía a los sujetos que, producidos por la cultura misma y desde su género, parecen cuestionarla.
Pero si deseamos entenderlos, incluirlos en nuestro horizonte ´legible´, no hace falta seguir buscando en los textos del psicoanálisis indicios de una alteridad escindida. Analizando ciertas concepciones míticas sobre las teorías científicas, o sea los sistemas ideológicos que dominan cierta forma de representación, trasitaremos una senda de mayor reconocimiento mutuo.

Ya han entrado en crisis la visión clásica del sujeto del conocimiento y la serie de oposiciones dualistas: cuerpo-mente, pasión-razón, naturaleza-cultura, femenino- masculino, con las que se confinaba el cuerpo al naturalismo.
Desde el psicoanálisis, cabrían algunas preguntas en base a la siguiente tesis: pareciera que es posible producir subjetividades contradictorias al sistema binario. Si así fuera, estas subjetividades ¿serían tan extrañas a lo que el imaginario social-histórico común produce? ¿podemos situarlas sólo por fuera del mismo?

El paradigma de la diversidad obliga a repensar el binarismo genérico haciendo espacio para la construcción siempre conflictiva de diversos “terceros” géneros? ... O la categoría de género debe ser repensada a partir de múltiples identidades genéricas?
Ursula Le Guin imagina un escenario cuyos márgenes no excluyen las subjetividades diversas. Crea un mundo no binario sin resignar legalidad.

Si “la diferencia sexual es indisociable de las demarcaciones -y las prácticas- discursivas”, dice J. Buttler, porqué imaginar un sexo previo al sujeto y un sujeto corporizado acorde a su sexo?
Porqué no imaginar al sexo como “una práctica reguladora que produce, por la reiteración forzada de esas normas, la materialización, nunca completa, de los cuerpos que gobierna “?

Así como “la reiteración de las normas es preformativa, el imperativo heterosexual podría consolidarse como un proceso en contra de ellas ”. Sin este imperativo, ¿no podrían producirse otras articulaciones y otras identificaciones respecto de los géneros?

En la novela de Le Guin parece ser así, ya que se configura una sociedad diferente. Ha eliminado para esto la diferencia sexual?
No. Existe, y en toda la gama posible. Simplemente, sin peyorativizar las huellas que acordes al dominio de las representaciones en los cuerpos dejan ciertas estelas semánticas, ha creado algo impensable hasta ese momento: seres neutros -en verdad insubordinados a un género-.
Por último, la diferencia sexual, sin un sujeto que la signifique, tiene algún tipo de materialidad?

Si volviéramos al largo camino que llevara a Mr. Ai hasta estas preguntas, podríamos decir –igual que Rosi Braidotti- que no hay sólo puntos fijos en el mapa de las identificaciones, sino recorridos, que incluyen modos de intercambio con los otros. Pero eso, eliminar la dominación de un sexo sobre el otro y la abyección de algunos cuerpos, como señala J. Butler, es prácticamente imposiblesin una “neutralidad” que disuelva las categorías jerárquicas binarias, salvo que estemos dispuestos a prestarnos a una “hibridación”aún en una serie desigual y asimétrica de intercambios. Iain Chambers (1994) se refiere a esas dificultades como proceso de “heterogeneización” .

La mano izquierda de la oscuridad, como indicio de una verdad oculta, sólo puede verse en la aventura de extender los límites más allá del discurso hegemónico. Cualquier hegemonía restringe las relaciones posibles a un modelo ideal.

Acaso los seres neutros no implican esto? El desafío consiste en decodificar entre los géneros, los sectores sociales, las etnias y los grupos etarios las formas en que el poder se inscribe, reproduce y materializa en cuerpos erógenos; tantas como entrecruzamientos puedan hacerse en las relaciones entre objeto de amor e identificación.

Aquí, en la Tierra, esta pequeña casa donde debiera preservarse un lugar habitable para cada uno, Le Guin parece resignificar los estragos de cualquier idealización. Para ella, la materialidad de los cuerpos, que sí incluye diferenciaciones anatómicas, es producto de la intersubjetividad y la cultura; el cuerpo es indisociable de su manera de metabolizar las normas y relaciones que lo envuelven. Y si el sexo es la norma que materializa los cuerpos, cuya diferenciación “funcional” hecha género lo sexualiza.

Cabe plantearse ahora, con toda seriedad, dónde ocurre la corporización del sexo: ¿dentro de los límites del cuerpo, del sujeto o de la cultura? ¿No serán los límites de nuestra narrativa los que finalmente se corporizan como límites naturales de nuestro yo?

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